Arabia Saudita suspendió varios envíos de petróleo destinados a Europa luego del ataque que sufrió el oleoducto Este-Oeste, una infraestructura clave que conecta las regiones petroleras del este del país con el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo.
Este oleoducto ha ganado importancia tras el cierre del estrecho de Ormuz, por donde se transportaba una parte significativa del crudo saudí. Tiene una capacidad máxima de hasta siete millones de barriles diarios. La paralización prolongada del suministro podría provocar una pérdida considerable para el mercado petrolero mundial, aunque el alcance del impacto dependerá de la duración de la interrupción, las reservas disponibles y posibles rutas alternativas.
La situación es especialmente crítica para la Unión Europea, que ha dejado de importar petróleo ruso. En el segundo trimestre de 2024, Arabia Saudita representó el 9,3% de las importaciones petroleras de la UE, la cifra más alta registrada, frente al 6,1% previo al conflicto entre Estados Unidos e Irán, consolidándose como uno de sus principales proveedores.
Polonia, uno de los mayores compradores de crudo saudí, ya está buscando nuevos proveedores. La compañía Orlen, dueña de la refinería de Gdansk, anunció licitaciones para asegurar el abastecimiento. En 2023, la empresa reconoció que la sustitución del petróleo ruso implicaba pagar aproximadamente 30 dólares más por barril, con pérdidas diarias estimadas en 27 millones de dólares.
El alza en el precio del petróleo se refleja también en el Brent, cuyo valor actual ronda los 108 dólares por barril, un 44% más que hace un año, cuando estaba cerca de 75 dólares.
Este incremento en los costos energéticos representa un nuevo desafío para la industria europea, que ya atraviesa dificultades y presiones internacionales. Alemania, referente industrial y especialmente en el sector automotriz, ha visto una reducción del 27,3% en la producción de automóviles entre 2015 y 2025, junto con una caída del 28% en las exportaciones respecto a 2016.
El encarecimiento energético afecta la competitividad de los fabricantes alemanes frente a rivales como China, que ofrece vehículos más económicos y ha incrementado su presencia en Europa. En respuesta, empresas como Volkswagen planean una reestructuración profunda con hasta 50,000 despidos adicionales y el cierre de plantas. Bosch proyecta eliminar 13,000 empleos en su división automotriz hasta 2030, mientras que BMW prevé recortar cerca de 8,000 puestos en Alemania.
La crisis provocada por el ataque al oleoducto saudí pone en evidencia la vulnerabilidad de la industria europea, que debe lidiar con mayores costos de producción y una competencia global cada vez más fuerte en un contexto de suministro energético restringido.
