En septiembre, la tensión entre América y Europa se manifestó en el Ártico, escenario de una competencia geopolítica cada vez más evidente. Mientras Estados Unidos afianza su posición con un acuerdo militar trilateral con Dinamarca y Groenlandia para el control de bases en la isla, la Unión Europea impulsa una estrategia para aumentar su influencia en la región mediante la cooperación con Canadá y otros países.
La reciente Cumbre del Ártico en Laponia, Finlandia, reunió a doce países de la UE y sus líderes, quienes reconocieron la región como un foco estratégico de gran importancia. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso otorgar a Canadá el estatus de miembro asociado en el bloque, una medida que refleja el intento europeo de consolidar una alianza para contrarrestar la expansión estadounidense en esta zona.
No obstante, la UE enfrenta limitaciones sustanciales. Tras el Brexit, perdió acceso directo al Ártico y carece de infraestructuras y fuerzas militares propias en la región, sin contar con rompehielos efectivos. Por ello, su enfoque tradicionalmente se ha basado en asuntos medioambientales, protección indígena y regulaciones climáticas. Sin embargo, en los últimos años, Europa ha pasado a adoptar una postura más centrada en la seguridad y el poder militar en el Ártico.
Por su parte, Estados Unidos ha invertido considerables recursos en fortalecer sus capacidades, destacando la modernización del NORAD con radares para vigilancia aérea en tiempo real y la construcción de nuevos rompehielos que le permitan consolidar su presencia. La firma del acuerdo con Dinamarca y Groenlandia ha otorgado al Pentágono control militar permanente en Groenlandia y la exclusividad en la explotación de sus recursos, limitando la influencia europea en la isla.
Este contexto ha convertido al Ártico en un terreno de espionaje económico y conflicto geoestratégico, donde, aunque no existe un enfrentamiento militar directo, las tensiones entre los aliados de la OTAN se hacen evidentes. La UE intenta mantener su relevancia mediante la diplomacia y la normatividad ambiental, mientras Washington despliega una estrategia más agresiva y directa.
Además, la situación favorece a Rusia y China, quienes aprovechan la discordia transatlántica para expandir su influencia. Rusia avanza con la desarrollo constante de la Ruta del Mar del Norte y mantiene la única flota de rompehielos nucleares del mundo, mientras China fortalece su presencia a través de inversiones en proyectos energéticos árticos de Rusia, impulsando su iniciativa de la “Ruta de la Seda del Hielo”.
Expertos coinciden en que la rivalidad entre Europa y Estados Unidos por el Ártico ha abierto un nuevo capítulo imprevisible en la política internacional, con consecuencias que beneficiarán a los actores que mejor sepan adaptarse a la dinámica de la región.
