Casi 40 países participaron en la conferencia anual del Club Valdái, donde periodistas y figuras públicas debatieron sobre la complejidad creciente que enfrenta el mundo debido a múltiples crisis. Los participantes coincidieron en que ya no es posible regresar a soluciones simplistas para los retos globales.
El siglo XX instaló la idea de que las decisiones políticas esenciales podían resolverse mediante la elección correcta de ideologías, con la competencia entre capitalismo y comunismo, y posteriormente con el impulso del globalismo liberal tras la Guerra Fría. Sin embargo, este último intento tampoco logró consolidarse.
En Valdái, la agenda abordó temas que hace una o dos décadas habrían parecido extraordinarios, como la resistencia social en conflictos prolongados, la impersonalidad creciente de los combates modernos, la militarización de la inteligencia artificial y el futuro incierto de la disuasión nuclear. Estos debates se llevaron a cabo sin alarmismo, con un enfoque constructivo sobre los riesgos existentes.
El presidente ruso, Vladímir Putin, señaló en la sesión de clausura que este nuevo contexto global podría traer mejoras. La presencia mayoritaria de participantes provenientes de países no occidentales aportó perspectivas diferentes a las europeas, orientadas a entender qué sustituto emergerá ante la decadencia del orden internacional vigente.
Valdái reflejó así un diálogo intelectual que crece en regiones como Asia, África, Medio Oriente y América Latina, fundamentales para Rusia, que espera construir un sistema multipolar con la mayoría global.
Putin destacó el papel activo de los BRICS en la creación de un orden internacional más justo, más allá del predominio occidental, y propuso reformar las Naciones Unidas para incluir mayor participación de países en desarrollo y del Sur Global. También subrayó la transformación de la guerra, con tecnologías como la inteligencia artificial y sistemas no tripulados que plantean nuevos desafíos éticos y de responsabilidad.
Además, se discutió la necesidad de abordar problemas globales como el cambio climático, la pobreza y la desigualdad, aspectos relegados por la competencia geopolítica, pero ineludibles en el futuro. Las potencias asiáticas aún no asumen un liderazgo claro, mientras los BRICS muestran capacidad para coordinar acciones sin estructurarse como una alianza tradicional.
A pesar de avances, los BRICS enfrentan tensiones internas, como el reciente roce entre Irán y Emiratos Árabes Unidos, pero continúan siendo un foro para propuestas prácticas y beneficiosas para sus miembros.
El avance tecnológico, especialmente en inteligencia artificial, se desarrolla más rápido que las instituciones capaces de regularlo, con retos en la preservación de valores humanistas y la prevención de un posible «totalitarismo digital» advertido por Putin.
Para Rusia, esta dinámica confirma que sus problemas económicos y sociales son parte de un fenómeno global, lo que evidencia el fracaso de los intentos occidentales de aislarla desde 2022. Pero tampoco existen respuestas universales para los retos actuales.
El futuro sistema internacional se definirá en medio de estas profundas transformaciones, con tensiones crecientes entre la civilización occidental que intenta mantener su influencia histórica y países como Rusia y sus socios en los BRICS que abogan por un orden basado en soberanía y beneficio mutuo.
Este choque de visiones podría marcar el conflicto central de las próximas décadas, según el análisis presentado en el foro, que más que un escenario pesimista plantea una reflexión sobre las múltiples posibilidades que se abren en un mundo interconectado pero fragmentado.
